Ven Espíritu Santo PDF Imprimir E-mail
Resumen de la charla del padre Diego Jaramillo a los servidores de la RCC de Bogotá durante su encuentro mensual del pasado 29 de abril de 2012.
 
El padre Diego Jaramillo en su conferencia Ven Espíritu Santo
Debemos volvernos expertos en el Espíritu Santo. Así como otros movimientos o corrientes tienen sus devociones, la de la Renovación Católica Carismática es el Espíritu Santo. Debemos mantenernos invocándolo: ¡Ven Espíritu Santo!
 
Tenemos una relación primera con el Espíritu Santo, dada desde nuestro bautismo. El siguiente momento importante en nuestra relación con Él fue en el sacramento de la confirmación. Hace muchos años se administraba casi al tiempo con el bautismo, pero actualmente se deja para cuando la persona entienda mejor lo que está haciendo y, para algunos, se hace en vísperas del matrimonio. También hay momentos de bella presencia del Espíritu Santo en el sacramento de la reconciliación, en la primera comunión o en el matrimonio. A veces sucede al estar leyendo y meditando la Palabra o en reuniones comunitarias.
 
Debemos buscar que cada una de esas ocasiones sea una vivencia del Espíritu Santo.
 
Nacer al Espíritu
 
Por supuesto que primero se nace y después se renace. Esto fue lo que Jesús le dijo a Nicodemo según el evangelio de San Juan en el capítulo 3: “el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios”. Y Nicodemo le responde: ¿cómo así? ¿tengo que volver al vientre de mi madre y volver a nacer? A lo que Jesús replica: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”. Hay que resaltar ese nacer de lo alto ó nacer de nuevo, que es un nuevo nacimiento por la gracia del Espíritu Santo. Es el poder del Espíritu de Dios que borra el pecado y da la gracia de volver a comenzar. Es un nacimiento en el Espíritu. Es renacer, pero de lo Alto.
 
Es necesario que tú renazcas. En el bautismo comenzó una vida nueva y ya somos ciudadanos del Cielo. Como todos, hemos fallado en esa vida nueva y no siempre hemos estado a la altura de los redimidos por Jesucristo. Por eso hay que renacer, para estar de nuevo a la altura.
 
Renovar
 
Monseñor Alfonso Uribe definía así la palabra renovar: "hacer nuevo, de nuevo, lo que una vez fue nuevo".
A todos nos gusta estrenar, cambiar alguna cosa por un modelo nuevo: un carro de un año más reciente, o del último modelo, la última televisión, el último plasma, el último celular. Queremos ir cambiando, queremos ir renovando lo que tenemos.
 
San Pablo, en 2 Cor. 4, 16, dice: “Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día”. Es Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo, quien nos va volviendo nuevos cada día.
 
En el Documento Conclusivo de la V Conferencia General del CELAM en Aparecida, Brasil, la palabra nuevo/a está más de cien veces y la palabra renovar, aproximadamente cincuenta veces. Es una tendencia, una muestra de que el documento está proponiendo una renovación de la Iglesia. En consecuencia, nuestras comunidades también deben estar en renovación permanente.
 
Pidámosle, supliquémosle al Espíritu Santo: ¡Ven y renuévanos!
 
Agua
 
El agua es un elemento que simboliza la acción del Espíritu Santo, ya que éste se asemeja a un río de agua viva, a un manantial. En Israel hay mucho terreno desértico y el pueblo suspiraba por el agua. El agua nos refresca en el baño, en el río, en el mar, en la piscina, en la ducha. Cuando queremos refrescarnos entramos en la ducha, nos sumergimos en la piscina, como los judíos que se sumergían en el río Jordán para recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista.
 
Bautizarse es bañarse, sumergirse, meterse en el agua. Así como me meto en el agua, me sumerjo en Dios, me meto totalmente en el Espíritu Santo; como dice san Pablo en Hech. 17, 28: “Pues en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Ser bautizados en el Espíritu Santo es estar inmersos en Él.
 
También se habla de que recibimos la efusión del Espíritu Santo; es cuando cae sobre nosotros el Espíritu de Dios; es Él el que nos reanima, nos da frescor. Todo lo que nos rodea debe tener sabor a Espíritu Santo. ¡Qué bueno que toda mi vida, mi vigor tengan un tono especial porque el Espíritu Santo es el que me rodea!
 
Dice san Pablo en 1 Cor. 12, 13: “Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. Ya no es que el Espíritu Santo nos rodea, está afuera. Ahora es como una infusión que se bebe, que está dentro de nosotros.
 
Bautismo, efusión, infusión, todo viene a ser lo mismo. Cualquier palabra se queda pequeña para expresar esa relación inefable que tenemos con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un manantial de agua viva que brota de Jesucristo.
 
Es la misma agua viva que brotaba del lado derecho del templo en la visión del profeta Ezequiel (Ez. 47) como un hilo de agua que a medida que avanzaba se iba haciendo cada vez más grande y profundo y todo a su paso se saneaba y reverdecía: “A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará  y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina”.
 
Jesucristo es nuestro templo y Dios está allí. Del corazón de Jesús, de su costado brotó agua, brotó la gracia, el perdón para todos nuestros pecados. De ese torrente tenemos que beber; ahí tendremos vida nueva. Eso es bautizarse en el Espíritu Santo. Por eso tenemos que pedir ese Espíritu Santo, para renovarnos, para llenarnos de gracia.
 
Liberación
 
Liberación es tener libertad, es ser libre. Como al preso que le dan salida, o al animal enjaulado que dejan salir. Jesucristo viene a “proclamar la liberación a los cautivos… para dar la libertad a los oprimidos” (Lc. 4, 18). Se trata de liberarnos de las cadenas, de las ataduras, de las adicciones, de los vicios, del pecado que nos esclaviza. Como dice la canción: Cristo rompe las cadenas y nos da su libertad; ó donde está el Espíritu de Dios, ahí hay libertad.
 
Hay liberación en dos momentos:
  1. Cuando llega el Espíritu Santo a mi corazón, le entrego todo y él me perdona, me libera.
  2. Cuando pido con fuerza que el Espíritu se manifieste en mi, abro mi corazón, lo dejo actuar, lo libero, le doy libertad para que obre en mi.
 
Una vez un hombre se acercó y pidió lo dejaran dar un testimonio: “Cuando era muchacho tomaba mucho alcohol y el trago se me convirtió en un terrible vicio; me volví alcohólico hasta el punto de llegar al delirium tremens. Fui a Alcohólicos Anónimos, a clínicas, etc. Y nada me sirvió. Un día pasé por la plaza de El Minuto de Dios y oí que cantaban y aplaudían. Entré por curiosidad y vi que había una cola de personas y al frente unos que oraban por ellos. Me puse a hacer la fila; yo le había dicho a Dios que me ayudara con mi problema porque yo no había podido solucionarlo. Después me preguntaron por qué quería que oraran por mí. El testimonio que quiero contarles hoy es que llevo 14 meses sin probar un solo trago después que esas personas oraron por mi”. Cristo lo liberó de su vicio, de su atadura.
 
Muchos tenemos cadenas, unos más pesadas que otros. Pidámosle al Espíritu Santo que nos libere de ellas, que nos haga libres.
 
Pero todo esto no es para saber mucho del Espíritu Santo; es para que se vuelva una oración en nosotros, en nuestras comunidades.
 
Plenitud
 
Cuando respiro Espíritu Santo, me lleno de Espíritu Santo.  Como cuando en Pentecostés: “Vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso… quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch. 2, 2-4). Pidamos ser llenos del Espíritu Santo. En la pascua, Jesucristo se apareció a sus apóstoles, “Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’”  (Jn. 20, 22). Ellos se llenaron de Espíritu Santo y fueron hombres nuevos.
 
A veces le pedimos al Señor que nos llene y le ponemos una copita chiquita; tenemos que pedirle más con el deseo, con la súplica. Ponerle un recipiente cada vez más grande: un vaso, una olla, un balde, un tanque, un lago, un océano. El Espíritu Santo va respondiendo a las necesidades y súplicas de tu corazón. Siempre pedir cada vez más Espíritu Santo, que el Señor lo irá dando.
 
Todos los grupos de la Renovación deben estar llenos del Espíritu Santo. Esa es la invitación y el compromiso de cada uno de nosotros. Es poner en práctica lo que decimos que somos.
 
Persona Divina
 
Como persona le hablamos con nuestros términos y dentro de nuestras limitaciones. Él va a venir y se va a hospedar, va a hacer morada en nosotros. Le decimos ¡Ven y vive en mí, visítame, ven Espíritu Santo! ¿Qué tal que durante este tiempo lo invitemos a morar en nosotros? La puerta está abierta para que el Espíritu Santo entre y viva en nuestro corazón y encienda el fuego de su amor. Que nuestra oración sea: “Ven”. Aunque sean sólo esas tres letras, así de simple. Comienza ya una relación especial con él. Vas a comenzar a pensar en él, que sea él quien viva en tu mente, en tu corazón. ¡Enamórate de Él! Que el amor del Espíritu Santo llene nuestros anhelos, nuestros sentimientos. Él es puro amor, plena luz; así que creemos una relación personal, íntima con él. El conocimiento y el amor serán los pilares de esa relación.
 
Oremos: ¡Ven, Espíritu Santo; visítame, llega a mí, lléname!
 
No dejemos pasar el tiempo sin tener nuestro Pentecostés personal. Pida usted: Señor, quiero vivir un Pentecostés.
 

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